Yo me quedé unos segundos frente a la puerta principal.
La misma puerta que Mauricio había intentado convertir en una frontera.
Pasé la mano sobre la cerradura nueva.
Once días después de comprar aquella casa, pensé que casi me la habían quitado.
Con el tiempo entendí que lo que estuvo en peligro no eran sólo cuatro paredes.
Era mi derecho a decir no sin justificarme.
Abrí la puerta.
Raquel levantó la vista.
—¿Me ayudas o vas a seguir contemplando tu reino?
Me reí.
—Ya voy.
Salí al jardín con las manos llenas de tierra.
Por primera vez en muchos años no estaba entrando en la vida que alguien más había decidido para mí.
Estaba en la mía.
Y aquella casa, con su cocina antigua, su árbol enorme y sus paredes todavía imperfectas, ya no parecía sólo una propiedad.