Nos vimos por primera vez en meses.
Mauricio parecía más viejo.
—Clara —dijo.
Me detuve.
—Sólo quiero preguntarte algo.
Esperé.
—¿De verdad ibas a dejar que todo llegara tan lejos?
Casi sonreí.
La pregunta era perfecta.
Todavía pensaba que yo había llevado las cosas lejos.
No él.
No las cerraduras.
No la mentira.
No el intento de ocupar mi casa.
Yo.
Lo miré con calma.
—Mauricio, durante muchos años pensaste que mi paciencia significaba permiso.
No respondió.
—Te equivocaste.
Me fui.
No sentí triunfo.
Sentí algo mejor.
Silencio.
Un silencio limpio.
Meses después, una mañana de domingo, abrí todas las ventanas de la casa.
El olor a café recién hecho se mezcló con el aire frío.
Raquel estaba en el jardín intentando plantar bugambilias. Lucía cortaba fruta en la cocina. Don Ernesto discutía desde la banqueta con un vendedor porque decía que los aguacates estaban carísimos.