Un niño se negó a subir al avión sin su perro, pero nadie esperaba lo ocurrido después

Cuando me disponía a volver a la cabina, Mateo me llamó.

—Capitán.

—¿Sí?

—¿A usted le da miedo volar con una tormenta?

Pensé en aquel niño, que viajaba a Guadalajara para recibir un tratamiento contra una leucemia que había regresado.

—A veces —admití—. Por eso me alegra que Bruno venga con nosotros.

Despegamos dentro de nuestra ventana.

Y durante todo el vuelo pensé varias veces en la fila cuatro.

Cuando aterrizamos, Mateo estaba agotado, pero caminaba erguido.

Me hizo un pequeño saludo con la mano.

Yo creí que ahí terminaba mi parte de la historia.

Me equivoqué.

Doce minutos después, mientras avanzábamos hacia la salida, Mateo volvió corriendo y agarró la manga de mi uniforme.

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