Manos que pagaron colegiaturas, cocinaron, cuidaron enfermos y ayudaron a levantar aquella casa.
Y de pronto una palabra de Claudia comenzó a repetirse en mi cabeza:
Estorbo.
Entonces recordé algo.
Me levanté.
Fui al pequeño despacho de Ernesto, abrí el archivero metálico y saqué una carpeta color vino.
Dentro estaba la escritura.
El terreno de Tecolutla se había comprado décadas atrás con mis ahorros y la liquidación que recibí de mi primer empleo. Ernesto y yo estábamos casados por separación de bienes, y él siempre insistió en que la propiedad permaneciera exclusivamente a mi nombre.
“Es tu seguridad, Tere”, me decía. “El día que yo falte, no quiero que dependas de nadie.”
Leí mi nombre otra vez.
Teresa Morales Hernández.
Única propietaria.
Ellos estaban viajando hacia una casa que no les pertenecía.
Con comida que yo había preparado.