Había preparado una charola enorme de enchiladas, arroz rojo, frijoles, salsa de molcajete y un pastel de tres leches porque mis nietos, Mateo y Renata, llevaban días diciéndome:
—Abuela, haz el pastel que hacía el abuelo contigo.
Mi maleta era pequeña. Dos cambios de ropa, un traje de baño que seguramente ni usaría, mis medicinas, un libro y unas sandalias.
No quería incomodar a nadie.
Sólo quería estar con mi familia.
A las siete comenzaron a llegar los coches. Primero Claudia con su esposo Mauricio y los niños. Después mi hijo Javier con su esposa Karla.
Los vecinos salieron a saludar porque había mucho movimiento frente a mi casa en Puebla.
Doña Lupita, la señora de enfrente, sonrió al verme con la maleta.
—Qué bonito que se vayan todos juntos, doña Tere. Ya le hacía falta distraerse.