Yo asentí orgullosa.
No sabía que minutos después iba a querer desaparecer.
Mientras ellos acomodaban hieleras, sombrillas y equipaje, yo permanecí junto al zaguán esperando que alguien me dijera en qué coche me iría.
Nadie lo hizo.
Cuando todo estuvo listo, Claudia caminó hacia mí.
Pensé que venía por mi maleta.
En cambio, miró alrededor para comprobar quién estaba escuchando y bajó la voz.
—Mamá, los coches van llenísimos. Y, siendo sinceros, queremos descansar. Los niños van a hacer ruido, tú te cansas rápido, quieres parar a cada rato… sólo vas a estorbar en el viaje. Mejor quédate aquí. Nosotros regresamos el lunes.
Me quedé inmóvil.
—¿Cómo que me quede?
—No hagas un drama, mamá. Es sólo un fin de semana.
Mauricio evitó mirarme.
Javier estaba junto a su coche. Nuestros ojos se encontraron durante dos segundos.
Él sabía.
Todos sabían.
Claudia tomó de mis manos la bolsa con la comida que yo había preparado, la puso en su camioneta y cerró la puerta.
Ese golpe seco me dolió más que cualquier grito.
Se llevaron mis enchiladas.
Se llevaron a mis nietos.
Se llevaron las llaves de la casa de playa.
Y me dejaron a mí.
Los coches arrancaron uno detrás del otro. Mateo me saludó desde la ventana, confundido.
—¡Abuela, nos vemos allá!
No tuve fuerza para decirle que no iba a llegar.
Doña Lupita fingió regar sus plantas. El señor de la tienda de la esquina bajó la mirada.
Todos habían escuchado.
Entré en mi casa con la maleta todavía cerrada.
Durante varios minutos permanecí sentada en la silla que usaba Ernesto, mirando mis manos.
Manos que habían trabajado treinta y ocho años en una notaría.