“Quédate en casa, mamá, queremos descansar sin tener que cuidarte”, dijo mi hija antes de cerrar la puerta del coche y marcharse con todos. Hasta se llevaron el pastel que preparé para mis nietos. Yo sólo recogí mi maleta, abrí el cajón donde guardaba los documentos de más de 30 años y marqué un número. Esa misma tarde, una llamada desde la casa convirtió sus vacaciones en una pesadilla.

Había preparado una charola enorme de enchiladas, arroz rojo, frijoles, salsa de molcajete y un pastel de tres leches porque mis nietos, Mateo y Renata, llevaban días diciéndome:

—Abuela, haz el pastel que hacía el abuelo contigo.

Mi maleta era pequeña. Dos cambios de ropa, un traje de baño que seguramente ni usaría, mis medicinas, un libro y unas sandalias.

No quería incomodar a nadie.

Sólo quería estar con mi familia.

A las siete comenzaron a llegar los coches. Primero Claudia con su esposo Mauricio y los niños. Después mi hijo Javier con su esposa Karla.

Los vecinos salieron a saludar porque había mucho movimiento frente a mi casa en Puebla.

Doña Lupita, la señora de enfrente, sonrió al verme con la maleta.

—Qué bonito que se vayan todos juntos, doña Tere. Ya le hacía falta distraerse.

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