Javier, que casi nunca hablaba, pidió el teléfono.
—Mamá… ¿de verdad vas a hacerlo?
Su voz me dolió más que los gritos.
—Tú me viste ayer con una maleta en la mano, hijo. Pudiste abrir la puerta de tu coche. No lo hiciste.
Silencio.
—Perdón.
—El perdón no arregla todo en un día.
Colgué.
Siete minutos después llegó un mensaje de Mauricio:
“Regresamos esta noche. Mañana arreglamos esta locura personalmente.”
Lo leí dos veces.
Después llamé a la licenciada Elena Robles, una abogada especialista en asuntos patrimoniales que conocía de mis años en la notaría.
Le expliqué todo.
Revisó fotografías de la escritura que le envié y confirmó lo mismo que Arturo.
La propiedad era mía.
Además, me pidió guardar los mensajes de Mauricio.
—Por precaución —dijo—. Nadie puede obligarla a retirar una propiedad del mercado, y mucho menos amenazarla con declararla incapaz sólo porque no les gusta su decisión.
Esa noche casi no dormí.
A las seis cuarenta y cinco de la mañana escuché un coche frenar frente a mi casa.
Tres puertas se cerraron de golpe.
Luego sonó el timbre.
Una vez.
Dos.
Cinco.
Diez.
Me levanté, preparé café y caminé hacia la entrada.
Antes de abrir recordé otra cosa que Ernesto me había confesado meses antes de morir.
Algo sobre Mauricio.
Algo que Claudia nunca había sabido.
Y entendí que aquella mañana no sólo iban a discutir por una casa.
Iban a descubrir por qué mi esposo había tenido tanto cuidado de dejar mi patrimonio lejos de las manos de su propio yerno.
PARTE 3
Abrí la puerta sin prisa.
Claudia estaba despeinada y con los ojos hinchados. Mauricio tenía la misma camisa del día anterior, arrugada por el viaje. Javier permanecía un poco más atrás, mirando al piso.