—¿Y qué dijo?
—Que soy una madre cruel.
Nos reímos.
Después se puso seria.
—Pero cuando la vi aquel día con su maleta, y luego supe lo que hizo, pensé: si Teresa pudo poner un límite, yo también.
Esa conversación me acompañó durante semanas.
Entendí que mi historia no era únicamente sobre una casa.
Era sobre cuántas personas pasan años regalando su tiempo, dinero y dignidad porque tienen miedo de que poner límites signifique dejar de amar.
No significa eso.
A veces un límite es precisamente lo que salva el amor que todavía queda.
Mis nietos volvieron a visitarme.
Mateo fue el primero en preguntar por la casa de Tecolutla.
—¿Ya no es nuestra, abuela?
Me agaché para quedar a su altura.
—Nunca fue de ustedes, corazón. Era mía.
—¿Y por qué la vendiste?
Pensé en darle una respuesta sencilla.