Porque comprendí que estaba despidiéndome de Ernesto de una manera que nunca había planeado.
Pero también recordé aquella frase.
“Es tu seguridad.”
Y supe que él habría entendido.
El domingo, poco antes del mediodía, Claudia llamó.
Esta vez estaba furiosa.
—¡Mamá! ¿Qué significa ese letrero?
—Que la casa está en venta.
—¡Quítalo inmediatamente!
—No.
Hubo silencio.
—Esa casa es de la familia.
—No, Claudia. Esa casa es mía.
—¡Papá jamás habría permitido esto!
Respiré profundamente.
—Tu papá jamás habría permitido que me dejaran en una banqueta después de usarme todo el día para cocinarles.
Escuché a Mauricio hablando detrás de ella.
Luego tomó el teléfono.
—Teresa, estás reaccionando con coraje. Vamos a resolverlo como adultos.
—Eso estoy haciendo.
—No necesitas vender. Tienes tu pensión.
—No eres tú quien decide cuánto necesito.
Su tono cambió.
—Podríamos hablar con un abogado. Una decisión así, tomada de repente a tu edad, puede interpretarse como falta de capacidad para administrar tus bienes.
Ahí entendí hasta dónde estaban dispuestos a llegar.
—Qué curioso, Mauricio. Ayer era demasiado vieja para ir a la playa. Hoy soy lo suficientemente importante como para que quieras controlar mis propiedades.
No respondió.
Justo entonces recibí un mensaje de Arturo.
Una pareja de Xalapa había visto las fotografías y quería conocer la casa al día siguiente a las diez de la mañana.
Sonreí.
—Por cierto —les dije—, mañana llegan unos compradores.
Claudia gritó.
—¡Nosotros estamos aquí!
—Entonces recojan todo. No quiero platos sucios ni toallas tiradas cuando lleguen.
—¡No vamos a dejar entrar a nadie!
—Arturo tiene autorización escrita para mostrar mi propiedad.
Mauricio comenzó a amenazar con demandas.
Claudia dijo que yo estaba destruyendo a la familia.