“Quédate en casa, mamá, queremos descansar sin tener que cuidarte”, dijo mi hija antes de cerrar la puerta del coche y marcharse con todos. Hasta se llevaron el pastel que preparé para mis nietos. Yo sólo recogí mi maleta, abrí el cajón donde guardaba los documentos de más de 30 años y marqué un número. Esa misma tarde, una llamada desde la casa convirtió sus vacaciones en una pesadilla.

Mi celular sonó antes de terminar.

Claudia.

Contesté.

—¿Bueno?

Escuché el mar de fondo.

—Mamá, ya llegamos. La casa huele horrible a encerrado. ¿Por qué no mandaste a alguien a limpiar?

No dijo “¿cómo estás?”.

No dijo “perdón”.

Ni siquiera preguntó si seguía triste.

—No mandé a nadie, Claudia.

—¿Y dónde está el control del aire del cuarto?

—Búscalo.

—Mamá, ¿qué te pasa?

Miré a Arturo.

—Nada. Estoy resolviendo asuntos importantes. Disfruten la playa.

Colgué.

Arturo no preguntó nada.

Sólo dijo:

—Puedo enviar a mi fotógrafo hoy mismo y colocar el anuncio afuera esta tarde.

—Hágalo.

Horas después me mandó una fotografía.

La casa azul que Ernesto había pintado con sus propias manos tenía un letrero grande frente al jardín:

SE VENDE.

Sentí un nudo en la garganta.

No porque me arrepintiera.

Porque comprendí que estaba despidiéndome de Ernesto de una manera que nunca había planeado.

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