—¿Por qué?
—Porque no quería pelearme con Claudia ni con Mauricio.
—Y para evitar una pelea con ellos aceptaste lastimarme a mí.
Bajó la cabeza.
—Sí.
—Aprende algo de esto, Javier. El silencio también puede ser una forma de crueldad.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Perdóname.
Esta vez extendí la mano.
—Te perdono. Pero no olvides.
Tres meses después de aquella mañana, mi vida era completamente distinta.
Comencé clases de natación dos veces por semana.
Volví a reunirme con antiguas compañeras de la notaría.
Me inscribí en un pequeño curso de computación porque estaba cansada de pedirle a alguien que me explicara cómo hacer una videollamada.
Hasta reservé un viaje a Oaxaca con dos amigas.
Durante décadas siempre había dicho:
“Después.”
Después de que los niños terminaran la escuela.
Después de pagar la casa.