Recordé sus manos llenas de pintura. Los domingos cargando bloques. Las noches en las que se sentaba en la terraza con una cerveza y decía:
—Un día esta casa va a estar llena de nietos.
Durante unos segundos pensé en cancelar la venta.
Después imaginé a Mateo diciéndome desde el coche: “Nos vemos allá, abuela”, sin saber que su propia madre había decidido abandonarme.
Y comprendí que los recuerdos no viven dentro de las paredes.
Viven dentro de uno.
—Continúe con la operación —le dije a Arturo.
La casa se vendió veintiséis días después.
El matrimonio pagó un precio justo.
Cuando firmé ante notario, llevé conmigo una fotografía de Ernesto.
No porque necesitara su permiso.
Porque quería que estuviera presente cuando cerrara aquella etapa.
Con el dinero compré un departamento de dos recámaras en una zona tranquila de Puebla, cerca de un supermercado, una clínica, un parque y una parada de transporte.