Negué con la cabeza.
—No vendo para castigarlos. Vendo porque entendí que necesito construir una vida que no dependa de ustedes.
—Podemos cambiar —dijo Claudia.
—Ojalá. Pero su cambio no puede ser la base de mi seguridad.
A las nueve y media, Arturo me llamó.
Los compradores llegarían a la casa de Tecolutla en treinta minutos.
Claudia me miró.
—¿De verdad los vas a dejar entrar?
—Sí.
No discutió.
Una hora después Arturo volvió a llamar.
La pareja había quedado encantada.
Eran un matrimonio de Xalapa con dos hijas pequeñas. Buscaban una casa para pasar vacaciones y eventualmente mudarse cerca del mar.
La mujer se había enamorado del limonero del patio.
El mismo que Ernesto plantó cuando Javier cumplió ocho años.
Cuando Arturo me contó eso, lloré.
Por primera vez desde que había comenzado todo.
No lloré por mis hijos.
Lloré por Ernesto.