“Quédate en casa, mamá, queremos descansar sin tener que cuidarte”, dijo mi hija antes de cerrar la puerta del coche y marcharse con todos. Hasta se llevaron el pastel que preparé para mis nietos. Yo sólo recogí mi maleta, abrí el cajón donde guardaba los documentos de más de 30 años y marqué un número. Esa misma tarde, una llamada desde la casa convirtió sus vacaciones en una pesadilla.

Abrí otro sobre.

—Meses antes de morir, Ernesto descubrió que habías vendido el coche de Claudia para cubrir otra deuda.

Ella levantó la cabeza lentamente.

—Me dijiste que habías usado ese dinero para apartar la camioneta nueva.

Mauricio no respondió.

—Pregúntale por qué nunca llegó la camioneta —dije.

—Cállate, Teresa.

Fue la primera vez que levantó la voz de una forma que me dio miedo.

Javier dio un paso hacia él.

—No le hables así a mi mamá.

Mauricio lo empujó con el hombro.

—Tú no te metas.

Me puse de pie.

—Se terminó.

—No, no se terminó —gritó Claudia—. Quiero saber.

Miró a su marido.

—¿Dónde está ese dinero?

Mauricio respiraba con dificultad.

—Tuve problemas.

—¿Qué problemas?

—Invertí mal.

—¿En qué?

No respondió.

Yo sí sabía parte de la respuesta.

—Apuestas deportivas.

Claudia se llevó una mano a la boca.

—No.

—Tu padre encontró mensajes en el teléfono de Mauricio cuando éste lo dejó cargando en nuestra casa. Después Mauricio mismo terminó confesándole una parte porque necesitaba otro préstamo.

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