“Quédate en casa, mamá, queremos descansar sin tener que cuidarte”, dijo mi hija antes de cerrar la puerta del coche y marcharse con todos. Hasta se llevaron el pastel que preparé para mis nietos. Yo sólo recogí mi maleta, abrí el cajón donde guardaba los documentos de más de 30 años y marqué un número. Esa misma tarde, una llamada desde la casa convirtió sus vacaciones en una pesadilla.

—Eso es mentira —interrumpió él.

—Ciento ochenta mil pesos para salvar un negocio de autos usados. Después otros noventa mil para cubrir una deuda que dijiste que era con un proveedor.

Claudia miró a su esposo.

—¿Qué deuda?

Mauricio apretó la mandíbula.

—Tu papá exageraba.

Fui al despacho y regresé con otra carpeta.

Durante años había trabajado en una notaría. Guardaba documentos. Recibos. Pagarés. Copias.

Ernesto también.

Puse sobre la mesa tres hojas firmadas por Mauricio.

—Tu padre no exageraba.

Claudia leyó.

La vi cambiar de color.

—Mauricio… aquí dice que le debías doscientos setenta mil pesos.

—Eso fue hace años.

—Tú me dijiste que mi papá nunca te prestó dinero.

—Porque ya estaba resuelto.

—No está resuelto —dije—. Nunca devolviste más de treinta mil.

Mauricio se levantó.

—Esto no tiene nada que ver con la casa.

—Tiene todo que ver.

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