Al escuchar aquellas palabras, no pude controlarme. Abrí la puerta de golpe.
—¡Aléjate de ella!
Emily se volvió hacia mí, asustada. Mi padre levantó rápidamente la manta, pero corrí hacia ellos y se la arranqué.
No había nada peligroso en las manos de mi hija.
Sostenía varias tarjetas pequeñas y de colores entre los dedos. En cada tarjeta aparecían unas manos colocadas en una posición diferente. Sobre la cama había un grueso libro abierto. En la portada se leían las palabras: