Cuando nació Claire, Harold estuvo allí.
Y años después, cuando nació Sophie, también la conoció.
Entonces llegué al párrafo que más me dolió.
«Cada vez que volvía a casa después de verlos, quería contártelo.»
«Muchas noches estuve a punto de despertarte y decirte la verdad. Pero cuanto más tiempo esperaba, más difícil se volvía. Al principio temía hacerte daño. Después empecé a temer que me preguntaras por qué había esperado tantos años. Y no tenía una respuesta que pudiera justificarlo.»
Bajé la carta.
—Cobarde —susurré.
Thomas escuchó la palabra.
No intentó defenderlo.
—Él mismo decía eso.
Lo miré.
—¿Nunca le dijiste que debía contármelo?
Thomas soltó una pequeña sonrisa triste.
—Cientos de veces.
Aquello me sorprendió.
—¿Y entonces?
—Siempre respondía: “Mañana”.
Mañana.
La palabra que tantas veces utilizamos cuando creemos que todavía nos queda tiempo.