Thomas se acercó un poco.
—Era de mi madre.
Lo miré sorprendida.
—¿De Eleanor?
—Sí.
Debajo del anillo encontré otra nota.
«Margaret, Eleanor me devolvió este anillo muchos años después. Yo se lo había regalado cuando éramos adolescentes. Nunca tuvo gran valor, pero representa una vida que pudo haber sido y que finalmente no fue.»
Las siguientes palabras hicieron que comenzara a llorar.
«Quiero que entiendas algo: si pudiera volver atrás y vivir mi vida otra vez sabiendo todo lo que sé ahora, volvería a elegirte a ti.»
Me tapé la boca.
«Eleanor fue parte de mi juventud. Thomas fue un hijo que me arrebataron antes de que pudiera aprender a ser padre. Pero tú, Margaret, fuiste mi hogar.»
«Tú fuiste la mujer que estuvo a mi lado durante 62 años. La madre de nuestros hijos. La persona cuya mano busqué cada noche.»
Las lágrimas caían sobre el papel.
Pero todavía quedaba una última página.
«No te pido que me perdones inmediatamente. Ni siquiera sé si tengo derecho a pedírtelo.»
«Solo te pido una cosa.»
«No castigues a Thomas por mi cobardía.»
Miré al hombre que estaba frente a mí.
De pronto ya no veía a un desconocido.
Veía algo de Harold en cada gesto.
La forma en que juntaba las manos cuando estaba nervioso.
La manera en que inclinaba ligeramente la cabeza.
Incluso aquel pequeño movimiento de las cejas cuando intentaba contener las lágrimas.
Harold estaba allí.
De alguna manera extraña, una parte de él seguía delante de mí.
Terminé la carta.
«Hay algo más dentro de la caja. Es lo único que nunca tuve valor para enseñarte mientras estaba vivo.»
Thomas pareció confundido.
—¿Qué cosa?
—No lo sé.
Comenzamos a retirar juntos las fotografías y documentos.