Desde la cocina llegó otro golpe.
Alejandro miró a Elena.
—¿Qué ha sido eso?
Bruno gritó desde el salón:
—¡NO SE HA ROTO NADA!
Elena cerró los ojos.
—Eso nunca significa nada bueno.
Alejandro dejó la espátula.
Los 2 fueron hacia el salón.
Detrás quedaron las tortitas quemadas, 4 platos sin recoger y una fotografía de Clara sonriendo desde la pared.
La casa ya no parecía perfecta.
Por fin parecía una casa.
Y los 4 niños que antes hacían huir a cualquiera habían dejado de preguntar cuánto tardaría Elena en marcharse.
Porque habían aprendido que la confianza no era creer que nadie se iría jamás.
Era saber que, cuando alguien prometía volver, podía abrirse la puerta a la hora acordada y encontrarlo allí.