Me dieron 72 horas donde 14 cuidadoras huyeron y me recibieron con una silla volando por la ventana. Cuatro niños rompían todo arriba mientras abajo no había ni un juguete a su altura, y el mayor me dijo “Los adultos siempre dicen que se quedan. Después desaparecen”. Atrapé la pelota, puse mis reglas y pregunté por la habitación de su madre cerrada cuatro años.

Finalmente sacó la llave.

Aquella tarde los 5 entraron juntos.

Elena se quedó fuera.

La habitación no parecía una tumba.

Parecía detenida.

Había un piano, libros, una butaca azul, fotografías y dibujos.

Leo tocó una tecla.

Bruno encontró un cuento.

Daniel se sentó en el suelo.

Mateo se quedó frente a una pared llena de fotografías familiares.

—Lo conservaste todo —dijo.

Alejandro asintió.

—Todo.

—¿Por qué nos dijiste que todavía no podíamos verlo?

—Pensaba que os protegía.

Mateo se volvió.

—¿De mamá?

—De echarla de menos.

El niño mantuvo la mirada.

—No funcionó.

Alejandro bajó la cabeza.

—Ya lo sé.

Después sacó la carta.

Se sentaron los 5 en el suelo.

Alejandro la abrió.

Clara había escrito sobre cosas normales.

Los desayunos del domingo.

Las preguntas interminables de Bruno.

Las piedras que Daniel guardaba en los bolsillos.

Leo negándose a dormir.

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