Leo mantuvo su misteriosa “alergia” a varias verduras.
Mateo continuó discutiendo.
Alejandro todavía trabajaba demasiado.
Elena perdía la paciencia algunas tardes.
Pero apareció una diferencia.
Las cosas rotas comenzaron a repararse.
Y también las conversaciones.
Cuando Alejandro no podía llegar a casa, llamaba.
Cuando los niños estaban enfadados, nadie les exigía fingir alegría.
Las fotografías regresaron poco a poco a los pasillos.
Afinaron el piano.
Las notas de Clara volvieron a las habitaciones.
En primavera, transformaron una terraza cerrada junto al jardín en un pequeño invernadero siguiendo unos dibujos que Clara había dejado años atrás.
Cada hijo participó.
Mateo diseñó una mesa de trabajo.
Daniel estudió qué plantas sobrevivían mejor.
Bruno pidió un pasadizo secreto que ningún arquitecto aceptó construir.
Leo exigió una silla azul “para mamá”.
Nadie le dijo que aquello era absurdo.
La colocaron junto a 4 limoneros.
Un día Elena encontró a Mateo allí leyendo una nota.
Esta vez él se la entregó.
Clara había escrito:
“Mateo, no tienes que ser siempre el mayor.”
El niño permaneció mirando los árboles.
—Cuando mamá se fue pensé que tenía que ayudar a papá con todos.
—Tenías 7 años.
—Lo sé ahora.
Después confesó algo.
Algunas antiguas cuidadoras habían sido buenas.
Los hermanos no las odiaban.
Simplemente habían aprendido a expulsarlas antes de encariñarse demasiado.
—Si alguien iba a irse, era mejor saber cuándo.
Elena no intentó corregirlo.
Solo escuchó.
Meses después Julia visitó la casa ya recuperada.
En menos de 1 hora Bruno la había metido en un juego de mesa, Daniel le hacía preguntas sobre el hospital y Leo la obligaba a escuchar el piano.
Mateo preguntó:
—¿Elena siempre ha sido tan mandona?