Y había encontrado a un padre que confundió proteger a su familia con esconder todo aquello que podía hacerla sufrir.
La solución nunca fue una cuidadora capaz de soportar más travesuras.
Fue una puerta que finalmente se abrió.
Una carta leída 4 años tarde.
Un padre que empezó a regresar cuando decía que regresaría.
Y 4 niños que descubrieron algo que llevaban demasiado tiempo sin creer:
algunas personas podían salir por la puerta por la mañana y volver por la noche.
Una operación podía terminar bien.
Una discusión no significaba abandono.
Recordar a alguien perdido no obligaba a sufrir en silencio.
Y una familia podía estar rota por un tiempo sin permanecer rota para siempre.
Desde la cocina llegó otro golpe.
Alejandro miró a Elena.
—¿Qué ha sido eso?
Bruno gritó desde el salón:
—¡NO SE HA ROTO NADA!