Me dieron 72 horas donde 14 cuidadoras huyeron y me recibieron con una silla volando por la ventana. Cuatro niños rompían todo arriba mientras abajo no había ni un juguete a su altura, y el mayor me dijo “Los adultos siempre dicen que se quedan. Después desaparecen”. Atrapé la pelota, puse mis reglas y pregunté por la habitación de su madre cerrada cuatro años.

No por reformas.

Había zapatos abandonados junto a las escaleras.

Dibujos sobre las mesas.

Fotografías ligeramente torcidas.

Una pelota que nadie guardaba jamás.

Ruido.

Discusión.

Risas.

Vida.

Un domingo, Elena entró en la cocina y encontró a Alejandro intentando preparar tortitas.

Mateo estaba a su lado.

—Las estás quemando.

—Sé cocinar.

—No, no sabes.

Bruno examinó una tortita de forma extraña.

—Parece Portugal.

Daniel negó inmediatamente.

—No tiene ninguna semejanza geográfica con Portugal.

Leo levantó la mano.

—Yo me la como.

Alejandro dejó la tortita en su plato.

—Por fin alguien leal.

—Eso es hambre —respondió Elena.

Alejandro la miró y sonrió.

Casi 1 año antes le había advertido sobre 4 niños imposibles.

14 profesionales habían abandonado aquella casa.

2 habían necesitado atención médica.

Pero Elena nunca había encontrado 4 monstruos.

Había encontrado 4 hermanos convencidos de que querer a alguien era darle una oportunidad para marcharse.

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