Elena perdía la paciencia algunas tardes.
Pero apareció una diferencia.
Las cosas rotas comenzaron a repararse.
Y también las conversaciones.
Cuando Alejandro no podía llegar a casa, llamaba.
Cuando los niños estaban enfadados, nadie les exigía fingir alegría.
Las fotografías regresaron poco a poco a los pasillos.
Afinaron el piano.
Las notas de Clara volvieron a las habitaciones.
En primavera, transformaron una terraza cerrada junto al jardín en un pequeño invernadero siguiendo unos dibujos que Clara había dejado años atrás.
Cada hijo participó.
Mateo diseñó una mesa de trabajo.
Daniel estudió qué plantas sobrevivían mejor.
Bruno pidió un pasadizo secreto que ningún arquitecto aceptó construir.
Leo exigió una silla azul “para mamá”.
Nadie le dijo que aquello era absurdo.
La colocaron junto a 4 limoneros.
Un día Elena encontró a Mateo allí leyendo una nota.
Esta vez él se la entregó.