Yo volví a las 23:38 por un portátil olvidado y hallé a mi hijo de 5 años abrazado a la cuidadora, sonriendo por primera vez en dos años. Mi madre entró y soltó: “Esa chica sale de esta casa esta misma noche.” Cancelé la reunión millonaria, apagué el móvil y la eché. En la mesa quedaba la carpeta del internado con mi firma lista.

A las 23:38, camino de una reunión urgente en un hotel del Paseo de la Castellana, Adrián descubrió que había dejado su portátil en el despacho. Dio la vuelta y regresó convencido de que tardaría menos de 5 minutos.

Al abrir la puerta, solo vio una lámpara encendida en el salón.

Entonces la encontró.

Lucía dormía sentada en el sofá, agotada, con la cabeza apoyada contra un cojín. Mateo estaba acurrucado sobre ella, abrazado a su cintura con una fuerza desesperada. Una de las manos de la joven descansaba sobre la espalda del niño, como si incluso dormida siguiera protegiéndolo.

Adrián se quedó inmóvil.

Mateo no permitía que nadie lo sostuviera así desde la pérdida de Elena.

El portátil se le resbaló de la mano y golpeó la alfombra. Ni siquiera ese ruido despertó al pequeño.

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