Yo volví a las 23:38 por un portátil olvidado y hallé a mi hijo de 5 años abrazado a la cuidadora, sonriendo por primera vez en dos años. Mi madre entró y soltó: “Esa chica sale de esta casa esta misma noche.” Cancelé la reunión millonaria, apagué el móvil y la eché. En la mesa quedaba la carpeta del internado con mi firma lista.

Pero Adrián entendió que tenía que empezar por ahí.

A la mañana siguiente no fue a la oficina.

A las 07:30 preparó el desayuno y quemó las primeras tostadas. Mateo lo observó desde la mesa con desconfianza. Lucía, cuyo turno había terminado, le explicó la rutina antes de marcharse.

—Mamá cortaba la manzana fina —dijo Mateo.

Adrián miró los trozos enormes que había preparado.

—Tu madre hacía muchas cosas mejor que yo.

Mateo bajó los ojos.

Antes, Adrián evitaba mencionar a Elena porque temía abrir una herida.

—La echo de menos —añadió.

Mateo levantó la mirada.

—Yo también.

Fue una conversación breve, pero fue la primera conversación real sobre Elena que tuvieron en meses.

Durante los días siguientes, Adrián hizo cambios pequeños. Llevó a Mateo al colegio 3 mañanas. Bloqueó las cenas en su agenda. Ordenó que no se fijaran reuniones después de las 20:00 salvo una urgencia verdadera.

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