Había 11 mensajes.
Escribió: «Cancelad la reunión. Mañana explicaré el motivo».
Luego apagó el móvil.
Lucía lo miró sorprendida.
—No tenía que hacer eso.
—Sí tenía.
Adrián se sentó en el extremo del sofá. Mateo no se acercó.
—¿Qué hace cuando se despierta por la noche? —preguntó.
Lucía dudó.
—Se queda junto a la puerta de su habitación. Creo que espera oír pasos.
—¿Los míos?
—A veces dice “papá”.
Lucía explicó que las primeras noches Mateo rechazaba cualquier contacto. Ella se sentaba en el suelo a cierta distancia. Una vez, el niño le preguntó si las personas podían marcharse sin avisar. Otra noche quiso saber si trabajar era más importante que dormir en casa.
Adrián recordó cenas canceladas, cumpleaños a los que había llegado tarde y una función escolar que vio grabada porque estaba fuera del país. Siempre se había defendido pensando que Mateo algún día lo entendería.
Quizá el niño ya lo entendía demasiado bien.
—No sabía que preguntaba esas cosas.
—No se las pregunta a usted porque teme escuchar una respuesta que no le guste.
Adrián quiso justificarse. Una empresa con cientos de empleados no se dirigía sola. Después de perder a Elena, detenerse significaba pensar, y pensar significaba recordar el hospital y la silla vacía en la cocina.
Pero comprendió que sus razones podían ser comprensibles y, aun así, estar haciendo daño.
Mateo se removió.
—Papá.
Adrián se inclinó.
—Estoy aquí.
El niño lo miró con sueño.
—¿De verdad?
Aquellas 2 palabras lo desarmaron.
Adrián extendió la mano sin tocarlo.
—Sí. De verdad.
Mateo miró a Lucía. Ella asintió.
Entonces el pequeño dejó una mano sobre la de su padre.