Y Adrián entendió que recordar a Elena no destruía la familia que quedaba.
Casi 1 año después de aquella noche, el mismo portátil estaba sobre la mesa del salón. Adrián tenía una videollamada importante a las 21:00.
Mateo apareció con un libro.
—¿Hoy puedes leer?
Adrián miró la pantalla.
Durante 1 segundo sintió el viejo impulso de decir “mañana”.
Cerró el portátil.
—Sí.
Mateo se sentó a su lado.
Lucía, que había pasado a dejar unas entradas para una actividad del hospital, los observó desde la puerta.
—Parece que ya sabes dónde tienes que estar —dijo.
Adrián sonrió.
—Necesitaba que alguien me enseñara.
Mateo levantó la vista.
—¿Lucía?
Adrián negó con la cabeza y le tocó suavemente el hombro.
—Tú.
La casa seguía siendo grande. Seguía teniendo mármol, cuadros caros y un jardín impecable. Pero ahora había dibujos en la nevera, zapatillas junto a la escalera, una manta arrugada en el sofá, reuniones rechazadas y fotografías nuevas junto a las de Elena.