Solo había una diferencia.
Ya no necesitaba su permiso para saber quién era.
Daniel había salido de nuestra casa creyendo que al amanecer yo despertaría sin marido, sin dinero y sin futuro.
En cierto modo, tenía razón.
Aquella mañana perdí a un marido deshonesto.
Pero conservé mi empresa.
Mis bienes.
El legado de mi madre.
Y algo que había entregado años atrás:
mi propia voz.
Sonreí mientras cerraba de golpe el estuche vacío de terciopelo.
Daniel quería que despertara sin nada.
En cambio, aquella mañana fue la primera vez en nueve años que realmente desperté.