Yoder buscó de inmediato al obispo y a otros ancianos de la iglesia. Al mediodía, la noticia de que algo andaba muy mal en la granja de los Miller se había extendido por la comunidad amish. A las dos de la tarde, el sheriff del condado de Holmes, Richard Lawson, se encontraba en la cocina de los Miller, tratando de comprender lo que veía.
“En veinte años de servicio policial, jamás había visto nada igual”, me cuenta Lawson, ahora jubilado. “Ni rastro de forcejeo. Ni sangre, ni muebles volcados, ni ventanas rotas. Ni una nota, ni una explicación. Simplemente, una familia entera —seis personas, desde un bebé hasta adultos— desaparecida. Esfumada”.
La familia Miller estaba compuesta por Jacob, de treinta y nueve años, agricultor y hábil carpintero conocido en toda la comunidad por su habilidad para fabricar muebles; Ruth, de treinta y siete años, famosa por sus hermosas colchas y su carácter afable; y sus cuatro hijos: Aaron, de catorce años; Sarah, de doce; David, de ocho; y Mary, de tan solo dieciocho meses.