No intentó presentarse como víctima.
—Lo permití porque tenía miedo de volver a perderlo todo —dijo—. Y porque estaba enfadado con Nicolás. Pensaba que esta casa me correspondía por haberme quedado aquí.
Manuel lo observó con una tristeza serena.
—Te quedaste en mi casa. Eso no significa que te quedaras conmigo.
Javier bajó la cabeza.
Nuria empezó a gritar que todos eran unos desagradecidos, que sin ella las cuentas serían un desastre, que Nicolás aparecía con dinero después de años de ausencia y ahora fingía ser el salvador.
Y en algo tenía razón.
Nicolás lo supo en el mismo instante.
Él había estado ausente.
Había confundido transferencias con cuidado.
Había llamado 10 minutos desde aeropuertos y había creído que eso era estar presente.
Pero una verdad no borraba la otra.
Su ausencia no daba derecho a nadie a humillar a sus padres.
Adrián cerró la carpeta.
Explicó que los documentos serían revisados, que las cuentas quedarían bloqueadas para nuevas operaciones no autorizadas y que la posible falsificación tendría consecuencias legales.
Nicolás no gritó.
Solo miró a Nuria.
—Esta noche te vas de la casa.
Después miró a Javier.
—Tú también.
Carmen lloró.
Era la primera vez que la decisión de proteger a un hijo chocaba de frente con la necesidad de protegerse a sí misma.
Javier se acercó a ella.
—Mamá…
Carmen dio un paso atrás.
—Te quiero. Pero hoy no voy a salvarte.
Aquella frase fue más dura que cualquier insulto.
Nuria se marchó esa misma noche.
Javier salió con 2 maletas y sin pedir dinero.
Durante las semanas siguientes, Adrián revisó las cuentas. Parte del dinero pudo recuperarse. La autorización dudosa fue impugnada y un perito concluyó que la firma presentaba indicios claros de imitación.