Volví sin avisar a Valencia y escuché a mi padre pedir permiso para sentarse en la mesa que él mismo construyó. Mis padres cenaban en el cuarto de herramientas mientras Nuria brindaba en su salón. Ella dijo: “Mejor comed en vuestro cuarto para no molestar”. No discutí, bloqueé las cuentas y llamé a mi abogado, hasta que vi lo que mi padre escondía bajo la tabla.

—Creía que esto era familiar.

Nicolás la miró.

—Cuando alguien lleva meses hablando de la salud de mis padres delante de terceros, los testigos dejan de ser extraños.

Nuria no respondió.

Durante varios minutos nadie tocó la carpeta.

Finalmente ella la abrió.

—¿Firmamos?

Nicolás sacó los extractos bancarios.

—Primero quiero entender esto.

Colocó sobre la mesa los ingresos de 3.000 euros mensuales.

Después, las salidas.

600 euros quedaban para Manuel y Carmen.

El resto iba a deudas, compras privadas y a una asesoría relacionada con Nuria.

—Javier gestionaba las cuentas —dijo ella.

Adrián intervino.

—Entonces no tendrá problema en explicar por qué una parte termina en una sociedad donde usted figura como administradora.

Nuria cambió de tono.

—Yo he cuidado de estas personas durante años.

Manuel alzó la cabeza.

—Somos tus suegros, no “estas personas”.

El silencio fue inmediato.

Nicolás puso sobre la mesa la copia de la autorización con la firma dudosa.

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