Aquella misma tarde llamó a Victoria Sterling, la abogada del fideicomiso familiar que había gestionado la herencia de Hannah.
Le contó únicamente los hechos que podía respaldar con pruebas: la declaración de Lily, las grabaciones almacenadas en la nube, el frasco con cuentagotas y las conversaciones telefónicas relacionadas con la sociedad patrimonial.
Victoria guardó silencio durante varios segundos.
—No firmes absolutamente ningún documento relacionado con esa propiedad —ordenó.
—No pienso hacerlo.
—Marcus… hace tres semanas, mi despacho recibió una solicitud para realizar una revisión formal de la estructura administrativa del fideicomiso de la propiedad.
Marcus se quedó helado.
—¿De quién?
—De Blue Horizon Asset Management.
Marcus cerró los ojos.
—Yo nunca autoricé eso.
—Lo sé. Por eso mi equipo lo detectó y paralizó el proceso. Pero, Marcus, el borrador que adjuntaron incluía una cláusula adicional.
—¿Qué clase de cláusula?
—Proponía transferir la autoridad administrativa secundaria sobre la propiedad a un tercero designado en caso de que tú quedaras temporalmente incapacitado o de que Lily fuera ingresada a tiempo completo en un centro residencial de tratamiento conductual.
Victoria hizo una pausa antes de darle el golpe definitivo.
—La persona nombrada como administradora sustituta en esa cláusula era Sarah.
Por primera vez en todo el día, Marcus se quedó completamente sin palabras.
No era que aquel documento bastara por sí solo para apropiarse legalmente de la casa. Existían controles judiciales que impedían algo así.
Pero demostraba una intención mucho más siniestra.Estaban construyendo una historia.
Querían presentar a Lily como una niña incontrolable con graves problemas psicológicos nunca diagnosticados. Sarah se colocaba a sí misma en el papel de madrastra paciente y sufrida que trataba de sostener una familia rota. Marcus quedaba retratado como un padre viudo, desbordado por el dolor e incapaz de gestionar la situación.