Los últimos días
Julián se debilitó mucho más rápido de lo que los médicos habían anticipado. Para cuando yo llegué a mi octavo mes de embarazo, ya lo estaba ayudando a abotonarse las camisas cada mañana. Fingía no notar cuando tenía que detenerse a medio camino hacia el baño para recobrar el aliento, porque sabía que si le decía algo, su orgullo se lastimaría. Me pedía que le describiera cómo se sentía la bebé cuando se movía, porque decía que ya no tenía fuerzas para inclinarse y escucharla directamente.
Una tarde, mientras dormía la siesta, lo encontré escribiendo en un cuaderno con las manos temblorosas. Al verme, cerró el cuaderno de golpe y lo escondió debajo de la almohada. Me sonrió como un niño atrapado haciendo una travesura, y cambió el tema. No insistí. Pensé que quizás estaba escribiendo cartas para nuestra hija, cartas que ella pudiera leer cuando fuera más grande. La idea me partió el alma y a la vez me llenó de ternura.
Julián murió una madrugada de martes, en el hospital, con mi mano entre las suyas y con nuestra hija a solo tres semanas de nacer. Se fue en silencio, sin dolor, con los ojos cerrados y una expresión de paz que todavía hoy recuerdo cada vez que necesito respirar hondo. Sus órganos, tal como él lo había pedido, fueron donados esa misma noche. Salvó, según supe después, a cuatro personas.