La conversación en el porche
Esa misma noche, cuando el sol empezaba a esconderse detrás de los árboles, salimos al porche de la casa. Julián se sentó a mi lado en la vieja banca de madera, apoyó una mano tibia sobre mi vientre y esperó a que la bebé pateara. Cuando lo hizo, él sonrió con los ojos cerrados, como si estuviera memorizando la sensación.
—Si mis órganos siguen sanos cuando llegue el momento —dijo, con la voz suave pero firme—, quiero que los donen.
Sentí un nudo en la garganta.
—Por favor, no hables de morir mientras ella te está pateando —le susurré.
—Precisamente por eso tengo que hablarlo —respondió él. Bajó la mirada hacia mi estómago y añadió—: Si yo no puedo verla crecer, quizás pueda al menos asegurarme de que alguien más tenga más tiempo con los suyos.