Mariana colocó varios expedientes frente a ella.
—Hay algo que debes saber.
—¿Qué pasó?
—La fiscalía revisó la computadora que entregaste. Encontraron transferencias que tú no habías detectado.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Cuánto dinero?
—En total, poco más de tres millones de pesos durante dos años.
Valeria se quedó sin palabras.
—Eso es imposible.
—Utilizaron pequeñas cantidades para evitar alertas. Algunas transferencias fueron hacia Rebeca. Otras a empresas fantasma.
—¿Alejandro creó esas empresas?
—Una está registrada a nombre de su madre. Otra a nombre de un amigo.
Valeria apoyó las manos sobre la mesa.
El dolor ya no estaba en su rostro.
Estaba en el pecho.
No porque aún amara a Alejandro, sino porque comenzaba a entender la dimensión de la mentira.
Mientras ella trabajaba, ahorraba y planificaba el futuro, él había convertido su matrimonio en una operación de saqueo.
—Quiero recuperar todo lo posible —dijo.
—Lo intentaremos. Pero hay otra cosa.
Mariana le mostró una fotografía.
Era una captura de una conversación entre Alejandro y Rebeca.
“Cuando consiga que ponga el departamento a nombre de los dos, pedimos el crédito con garantía.”
Debajo, Alejandro había escrito:
“Primero tengo que asustarla lo suficiente para que deje de discutir.”
Valeria leyó la frase dos veces.
La taza de café no había sido un impulso aislado.
Era parte de algo que llevaba tiempo creciendo.
—¿Crees que quería quedarse con el departamento?
—Sí —respondió Mariana—. Y la agresión puede haber sido un intento de someterte.
Valeria levantó la mirada.
—Entonces no quiero solo el divorcio.
—¿Qué quieres?
—Quiero que todos sepan la verdad.
La noticia apareció una semana después.
No porque Valeria hablara con la prensa, sino porque Alejandro trabajaba como vendedor de seguros para clientes de alto perfil y su detención comenzó a circular entre compañeros y conocidos.