—Mi anticipo es de doscientos mil pesos.
Alejandro se quedó callado.
No tenía ese dinero.
Todo lo que usaba provenía de Valeria.
Sus tarjetas adicionales.
Su automóvil.
Su seguro médico.
Su estilo de vida.
Hasta el traje que llevaba puesto había sido pagado con una tarjeta de ella.
—Te llamo después —murmuró.
Pero ya no tuvo tiempo.
A las siete y veinte de la noche, tres golpes resonaron en la puerta.
Alejandro abrió.
Dos agentes estaban en el pasillo.
—Alejandro Salazar, queda detenido por su probable participación en los delitos de violencia familiar y lesiones.
Él retrocedió.
—Esto es una confusión.
Uno de los agentes colocó una mano sobre su brazo.
—Dese la vuelta, por favor.
—¡Mi esposa está mintiendo!
En ese instante se abrieron varias puertas del pasillo.
Los vecinos comenzaron a observar.
La señora del 7B, que siempre le sonreía en el elevador, levantó su teléfono para grabar.
Alejandro sintió que el mundo se cerraba a su alrededor.
—¡Valeria está loca! —gritó—. ¡Ella se golpeó sola!
Uno de los policías endureció la expresión.
—Existe un video.
Alejandro dejó de resistirse.
Mientras le colocaban las esposas, vio sobre la mesa el anillo de bodas.
Pequeño.
Brillante.
Definitivo.
Tres días después, Valeria acudió al Ministerio Público acompañada por su abogada, Mariana Torres.
La quemadura seguía cubierta, pero sus ojos ya no tenían la misma confusión de aquella mañana.
← Previous Page
Next Page →