—Si arreglo esto —dijo Elias, con la voz ahora firme—, ¿quién paga el precio?
Silas soltó una risita, acercándose un paso más. —Un detalle trivial. El universo exige equilibrio, Elias. El cierre de un hombre es la pérdida de otro. Gira la corona.
Elias miró la pequeña luna creciente grabada en la obsidiana. Pensó en Clara. Pensó en cómo ella reía cuando quemaba las tostadas, en cómo tarareaba cuando trabajaba en el jardín, en la calidez de su mano en la suya. Se dio cuenta entonces de que no necesitaba el recuerdo de su partida. Ya tenía toda una vida de recuerdos de ella quedándose.