**El relojero de los segundos robados**

Elias lo tomó y lo apretó contra su pecho, cerrando los ojos. Por primera vez en treinta años, los relojes de la tienda no sonaban como lamentos. Sonaban como latidos. Y en el profundo y pacífico silencio de su propio corazón, Elias finalmente escuchó lo que Clara le había susurrado en la lluvia antes de desaparecer:

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