El pequeño se rio.
—¡Papá, date prisa!
Papá.
La palabra resonó por todo el vestíbulo.
Sophia también la escuchó.
Sus pequeños dedos comenzaron a aflojarse alrededor del collar de papel.
Dominic finalmente nos vio.
Su sonrisa desapareció.
Durante un segundo, un pánico absoluto cruzó su rostro.
Luego desapareció bajo una expresión de confianza cuidadosamente ensayada.
—Vivienne…
La mujer que estaba a su lado nos miró.
—¿La conoces?
Dominic vaciló.
Solo durante un instante.
Pero ese instante me dijo todo lo que necesitaba saber.
—Ella…
Forzó una pequeña risa.
—Solía ayudar en algunos proyectos de servicio comunitario.
Solía.
No dijo que era su esposa.
No dijo que era la madre de Sophia.
Solo me convirtió en alguien conveniente de borrar.
Sophia dio un pequeño paso hacia adelante.
—¿Papá?
Todas las conversaciones del vestíbulo se detuvieron.
El niño junto a Dominic parecía confundido.
—Papá… ¿quién es ella?
La mujer del vestido verde frunció el ceño.
—¿Dominic?
Él parecía atrapado.
Entonces tomó la peor decisión de su vida.
Rodeó protectoramente con el brazo a la mujer que estaba a su lado.
—Sophia —dijo cuidadosamente—, este no es un buen momento.
El collar cayó de las manos de mi hija.
Golpeó el suelo de mármol.
Nadie se movió.
Nadie habló.
Los pequeños corazones de papel que había pegado aquella tarde se esparcieron por las brillantes baldosas.
Ella los miró en silencio.
Los niños no siempre lloran inmediatamente.
A veces, el dolor es demasiado grande.
Simplemente dejan de creer.
Me agaché, recogí el collar, limpié la brillantina y lo guardé cuidadosamente en mi bolso.
—Está bien —susurré a Sophia—. Podemos volver a casa.
Dominic finalmente encontró su voz.
—Vivienne, espera.
—¿Para qué?
—Tenemos que hablar.