Y esa misma empresa figuraba como consultora externa de la compañía de Bruno.
Las facturas resultaban sospechosamente redondas, se repetían cada mes y muchas superaban los 40.000 euros por conceptos vagos como «servicios de logística operativa».
Entonces recordé un antiguo portátil personal que Bruno había dejado meses antes en la habitación de invitados de mi hermana durante unas obras en nuestra casa. Seguía sincronizado con nuestra nube compartida.
Le dije a mi hermana que no abriera ni un solo archivo y que entregara directamente el ordenador a mi equipo legal para que pudieran conservarlo como prueba y realizar un análisis forense.
Cuarenta y ocho horas después, la investigación destapó una pesadilla.
El disco contenía correos privados entre Bruno y un contratista externo hablando de facturas infladas, porcentajes de comisiones ilegales y dinero procedente del extranjero que regresaba en fajos de billetes. También había conversaciones con su padre, Indigo, sobre un todoterreno de lujo registrado a nombre de un primo y la entrada de un apartamento frente al mar.
Pero lo peor de todo era una conversación de la noche en que me agredieron.
Amber: «Se niega a entregarnos la herencia de su abuela».
Bruno: «Seguid presionándola. Necesitamos ese dinero para tapar lo del proveedor antes de la auditoría de final de trimestre».
Minutos después:
Amber: «Indigo ha tenido que pegarle».
Bruno: «Pues a lo mejor así aprende de una vez cuál es su sitio».
Leer aquello me revolvió el estómago.
Bruno no era simplemente un marido débil que había reaccionado mal después de lo ocurrido. Era quien estaba detrás de toda la presión económica. Sabía que sus padres me estaban acorralando y, aun después de enterarse de que me habían dejado ensangrentada, lo había aprobado.