Entonces entendí.
Alejandro no me llamaba porque temiera perderme.
Me llamaba porque necesitaba seguir siendo mi esposo para no tener que convertirse en la pareja real de Fernanda.
Mientras yo permaneciera en casa y Rodrigo siguiera casado con ella, los dos podían continuar jugando al amor prohibido sin hacerse responsables de nada.
—No voy a subir —le respondí—. Y ya que Rodrigo está dispuesto a hacerse a un lado, yo también.
—Claudia…
—Ahora sí pueden estar juntos.
Colgué.
A la mañana siguiente supe lo que había ocurrido en aquella habitación.
Rodrigo había colocado sobre la mesa registros de hoteles, transferencias bancarias y ocho meses de movimientos sospechosos.
Luego empujó el convenio de divorcio hacia Fernanda y miró directamente a Alejandro.
—Te la dejo libre. Su estudio tiene deudas, mi hijo se queda conmigo mientras se resuelve la custodia y ella necesitará dónde vivir. Si tanto la amas, hazte cargo.