Mi esposo entró a un hotel con mi mejor amiga creyendo que nadie los había visto. Envié seis fotos a su marido y él respondió: “Llevo ocho meses esperando esto”. Treinta minutos después, mi esposo suplicó: “Ven y dile que nuestro matrimonio está bien”. Me quedé en silencio, guardé el teléfono y llamé a una abogada… porque acababa de entender para qué me necesitaba realmente.

Rodrigo sospechó, pero no quiso confrontarla sin pruebas.

Durante meses documentó gastos conjuntos, ausencias y movimientos a los que legalmente tenía acceso.

—No esperaba que me engañara otra vez —me explicó—. Esperaba tener suficiente evidencia para que nadie pudiera volver a decirme que yo había entendido mal.

Luego puso frente a nosotros los documentos del departamento de Santa Fe.

Parte del enganche salió de mi matrimonio.

Otra parte salió de las cuentas de Rodrigo y Fernanda.

Nuestros esposos habían usado dinero de dos familias para financiar el lugar donde pensaban encontrarse.

Solicitamos que la operación inmobiliaria quedara detenida mientras se aclaraba el origen del dinero.

Tres días después Fernanda apareció frente a mi antiguo departamento con dos maletas.

Alejandro estaba en la puerta… impidiéndole entrar.

—Me prometiste que me cuidarías —le reclamó ella—. Rodrigo ya presentó el divorcio. Sebastián no quiere verme. ¿Dónde quieres que viva?

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