Entonces dije:
—No me interesa cuál de ustedes amó más al otro. Quiero que devuelvan el dinero que no les pertenecía.
La nueva información provocó una auditoría interna en la constructora.
No encontraron un fraude masivo, pero sí gastos falsamente clasificados y graves violaciones de controles financieros.
Alejandro conservó su cargo porque el negocio seguía siendo rentable, pero los otros socios le retiraron la facultad de autorizar pagos importantes sin una segunda firma.
También tuvo que devolver los recursos utilizados irregularmente.
Cuando conoció la decisión, me esperó en el estacionamiento de mi oficina.
—¿Ya estás contenta? —me preguntó.
—Esa decisión la tomó tu consejo.
—Si tú no hubieras empezado a investigar, nadie habría descubierto nada.
Lo miré.
—Si tú no lo hubieras hecho, no habría nada que descubrir.
Bajó la voz.
—Terminé con Fernanda. No voy a volver a verla. Podemos reconstruir lo nuestro.
—¿Reconstruir qué?
—Nueve años de matrimonio no pueden desaparecer por un error.
—¿Cuál error?
No respondió.
—¿El hotel? ¿Los seis hoteles anteriores? ¿El collar? ¿El departamento? ¿El dinero de mi padre? ¿O decirle durante dos años que yo jamás tendría el valor de dejarte?
Alejandro cerró los ojos.
—Te amo.
—Entonces tu forma de amar permite mentir durante años mientras otra persona paga la cuenta.
Meses después, durante la mediación final, todavía intentó detener el divorcio.
Llevó fotografías de nuestros primeros años, vacaciones y aniversarios.
Habló de cuando comíamos tacos baratos porque no teníamos dinero.
Recordó las noches que yo permanecía despierta ayudándolo con la empresa.
Yo también recordaba todo aquello.
Ese era precisamente el problema.
Habíamos tenido algo verdadero.
Y él había usado esa historia como garantía de que yo toleraría cualquier cosa.