Sólo quería impedir que Alejandro siguiera desapareciendo dinero.
Fue entonces cuando apareció una segunda bomba.
Durante la revisión de la contabilidad encontraron tres pagos a la empresa de Fernanda por supuestas asesorías de diseño.
Los servicios entregados no justificaban las cantidades.
Uno de esos pagos había sido realizado exactamente una semana después de que yo entregara parte de la herencia de mi padre.
Cuando Alejandro fue cuestionado, primero dijo que eran honorarios legítimos.
Después dijo que eran préstamos.
Cuando le solicitaron contratos, no existían.
Finalmente reconoció que había ayudado a Fernanda porque su negocio estaba en problemas.
Pero Fernanda, furiosa al enterarse de que Alejandro intentaba responsabilizarla de todo, entregó sus conversaciones.
En una de ellas él escribió:
“Primero aseguremos el departamento. Después veremos cómo acomodamos todo.”
En otra:
“Claudia confía en mí. Nunca revisa las cuentas de la empresa.”
Y otra decía:
“Rodrigo vive ocupado con sus camiones. No se dará cuenta.”
Yo había pasado años ayudándolo a levantar esa constructora.
Cuando empezamos, Alejandro y yo vivíamos en un departamento diminuto en Portales.
Yo trabajaba de día y por las noches revisaba presupuestos, pagos a proveedores y proyecciones de flujo.
Incluso vendí un pequeño inmueble que había comprado antes de casarme para ayudar a cubrir una nómina cuando la empresa estuvo a punto de quebrar.
Alejandro siempre decía:
—Sin ti esta empresa no existiría.
Pero nunca formalizó el porcentaje de participación que me había prometido.
Cada vez que preguntaba, respondía que lo resolveríamos en la siguiente ronda de inversión.
Yo confiaba.
Durante el proceso recuperé correos antiguos donde él mismo había escrito:
“Tu aportación siempre contará como parte del negocio. Lo construimos juntos.”