Y cada fecha destruía un recuerdo.
El día que operaron a mi mamá, Alejandro aseguró que debía viajar a Querétaro para reunirse con un proveedor.
En realidad había pagado un hotel en Ciudad de México.
En mi cumpleaños dijo que no podía salir de una supervisión de obra.
Ese mismo día compró un collar para Fernanda.
Lo peor apareció después.
Cuando murió mi padre, Alejandro me dijo que su empresa atravesaba un problema de liquidez.
Yo puse parte de mi herencia.
Seiscientos mil pesos.
Siete días después, una transferencia de doscientos mil terminó en el estudio de Fernanda disfrazada como “asesoría de interiores”.
A las cuatro de la mañana ya tenía respaldos de estados de cuenta, comprobantes y archivos.
A las siete apareció Alejandro.
Entró cansado, con la camisa arrugada.
Ni siquiera dijo perdón.