Mi esposo entró a un hotel con mi mejor amiga creyendo que nadie los había visto. Envié seis fotos a su marido y él respondió: “Llevo ocho meses esperando esto”. Treinta minutos después, mi esposo suplicó: “Ven y dile que nuestro matrimonio está bien”. Me quedé en silencio, guardé el teléfono y llamé a una abogada… porque acababa de entender para qué me necesitaba realmente.

—¡Dice que si Fernanda y yo nos queremos tanto, entonces debo casarme con ella!

No pude evitar reírme.

—Pues felicidades. Parece que por fin nadie se interpone entre ustedes.

—¡No es momento para sarcasmos! Ven y dile que nuestro matrimonio está bien.

Entonces entendí.

Alejandro no me llamaba porque temiera perderme.

Me llamaba porque necesitaba seguir siendo mi esposo para no tener que convertirse en la pareja real de Fernanda.

Mientras yo permaneciera en casa y Rodrigo siguiera casado con ella, los dos podían continuar jugando al amor prohibido sin hacerse responsables de nada.

—No voy a subir —le respondí—. Y ya que Rodrigo está dispuesto a hacerse a un lado, yo también.

—Claudia…

—Ahora sí pueden estar juntos.

Colgué.

A la mañana siguiente supe lo que había ocurrido en aquella habitación.

Rodrigo había colocado sobre la mesa registros de hoteles, transferencias bancarias y ocho meses de movimientos sospechosos.

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