No crucé la calle.
Saqué mi celular y tomé seis fotografías.
Después abrí el contacto de Rodrigo, esposo de Fernanda.
Le mandé las imágenes, el nombre del hotel y la ubicación.
Sin escribir una sola palabra.
Su respuesta llegó segundos después.
“Por fin.”
Sentí más miedo por esas dos palabras que por las fotografías.
—¿Desde cuándo lo sabes? —pregunté.
Tardó unos segundos.
“Ocho meses. No subas. Yo voy para allá.”
Veintisiete minutos después vi llegar a Rodrigo con una carpeta negra bajo el brazo.
Entró al hotel sin correr, sin gritar, sin mirar alrededor.
Como alguien que llevaba meses preparándose para ese momento.
Cinco minutos después empezó a sonar mi teléfono.
Alejandro.
Una llamada.
Cinco.
Doce.
Contesté la número trece.
—Claudia, ven inmediatamente.
—¿Para qué?
—Rodrigo está aquí. Trajo papeles de divorcio. Está loco.
Guardó silencio antes de soltar lo verdaderamente absurdo: