Mi esposo entró a un hotel con mi mejor amiga creyendo que nadie los había visto. Envié seis fotos a su marido y él respondió: “Llevo ocho meses esperando esto”. Treinta minutos después, mi esposo suplicó: “Ven y dile que nuestro matrimonio está bien”. Me quedé en silencio, guardé el teléfono y llamé a una abogada… porque acababa de entender para qué me necesitaba realmente.

Yo también recordaba todo aquello.

Ese era precisamente el problema.

Habíamos tenido algo verdadero.

Y él había usado esa historia como garantía de que yo toleraría cualquier cosa.

—Fuimos felices —dijo con los ojos rojos—. Eso también cuenta.

—Claro que cuenta.

Pareció recuperar esperanza.

—Entonces dame otra oportunidad.

Negué con la cabeza.

—El pasado existió, Alejandro. Pero no tiene derecho a secuestrar mi futuro.

Finalmente aceptamos un acuerdo.

Recuperé la parte comprobable de la herencia de mi padre, los recursos desviados y una compensación importante por mi inversión inicial y los años de trabajo que había aportado a la empresa.

A cambio renuncié a reclamar acciones con derecho a voto.

Fernanda tuvo que devolver los recursos recibidos que provenían del patrimonio matrimonial y vender parte de sus bienes para reorganizar las deudas de su estudio.

Rodrigo obtuvo la residencia principal de Sebastián, aunque Fernanda conservó visitas regulares.

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