Empezaron a culparse mutuamente.
Lo que durante dos años llamaron amor verdadero terminó convertido en una lista de responsabilidades que ninguno quería aceptar.
Esperé a que dejaran de gritar.
Entonces dije:
—No me interesa cuál de ustedes amó más al otro. Quiero que devuelvan el dinero que no les pertenecía.
La nueva información provocó una auditoría interna en la constructora.
No encontraron un fraude masivo, pero sí gastos falsamente clasificados y graves violaciones de controles financieros.
Alejandro conservó su cargo porque el negocio seguía siendo rentable, pero los otros socios le retiraron la facultad de autorizar pagos importantes sin una segunda firma.
También tuvo que devolver los recursos utilizados irregularmente.
Cuando conoció la decisión, me esperó en el estacionamiento de mi oficina.
—¿Ya estás contenta? —me preguntó.
—Esa decisión la tomó tu consejo.
—Si tú no hubieras empezado a investigar, nadie habría descubierto nada.