Mi esposo entró a un hotel con mi mejor amiga creyendo que nadie los había visto. Envié seis fotos a su marido y él respondió: “Llevo ocho meses esperando esto”. Treinta minutos después, mi esposo suplicó: “Ven y dile que nuestro matrimonio está bien”. Me quedé en silencio, guardé el teléfono y llamé a una abogada… porque acababa de entender para qué me necesitaba realmente.

PARTE 3

Fernanda contó que todo había comenzado cuando su estudio fue contratado para diseñar las nuevas oficinas de la constructora de Alejandro.

Primero fueron mensajes sobre acabados.

Luego cenas para “revisar conceptos”.

Después llegó el primer beso.

Fernanda le preguntó inmediatamente si pensaba divorciarse de mí.

Alejandro respondió que no era el momento.

Le pidió paciencia.

Según él, yo estaba acostumbrada a una vida estable y jamás tendría el valor de dejarlo. Rodrigo, por su parte, jamás abandonaría a Fernanda porque tenían un hijo.

Así podía conservarlo todo.

Su esposa.

Su amante.

Su empresa.

Su reputación.

Y dos familias absorbiendo las consecuencias sin obligarlo a escoger.

—Tú no estabas confundido —le dije—. Apostaste a que todos íbamos a soportarte en silencio.

Me fui esa tarde.

No discutí con Fernanda.

Tampoco intenté consolarla.

Había sido mi mejor amiga durante quince años, pero eso no convertía su traición en un accidente.

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