Señalé la autorización de matrimonio que todavía estaba sobre mi escritorio.
—Entonces apareció Chloe y en cinco meses decidiste que ella merecía aquello que conmigo siempre podía esperar.
Nathan tragó saliva.
—Yo pensaba casarme contigo después.
Lo miré incrédula.
—¿Después de casarte con ella?
—Las circunstancias…
—Basta.
Por primera vez levanté la mano.
—No quiero entenderte.
Aquello pareció asustarlo.
No que estuviera enfadada.
Que ya no necesitara explicaciones.
—¿Qué quieres entonces?
—Nada.
—Emily…
—Quiero que recojas tus cosas del apartamento que legalmente me pertenece.
—¿Y nosotros?
Solté una risa pequeña.
—Nunca hubo un “nosotros” para ti. Había una mujer que siempre esperaría.
Me acerqué a la puerta.
—Te equivocaste.
La solicitud de Nathan con Chloe terminó retrasándose mientras corregía sus asuntos administrativos.
Eso fue suficiente para que empezaran las discusiones entre ellos.
Chloe quería fechas.
Propiedades.
Dinero.
Seguridad.
Todas las cosas que Nathan había asumido que yo jamás exigiría.
Y por primera vez tuvo que conquistar a una mujer sin utilizar la estabilidad que yo había construido detrás de él.
El día previsto para entregar el vestido, Chloe no apareció.
Nathan sí.
Se quedó frente al maniquí durante mucho tiempo.
—Es hermoso.
—Ese era el encargo.
—¿De verdad ibas a hacer su vestido?
—Claro.
Me miró.
—¿Por qué?
—Porque ella me contrató.
—¿No te dolía?
Pensé en ello.
—Sí.
—Entonces ¿cómo pudiste?
Sonreí.
—Porque el dolor no me obliga a perder profesionalidad.
Nathan bajó la cabeza.
Después preguntó:
—Si cancelo la boda…
—No.
Ni siquiera lo dejé terminar.
Sus ojos se levantaron.
—Emily.
—No quiero ser elegida porque la otra opción resultó complicada.
Aquella frase lo dejó en silencio.
Guardé el vestido dentro de su funda.