PARTE 2: EL VESTIDO QUE LE QUITÓ LA MÁSCARA

Ahora sí entendía.Durante cinco meses Nathan le había financiado regalos, hoteles y cenas utilizando extensiones de una cuenta que yo administraba porque parte de aquellos fondos provenían de mi negocio de diseño.

Chloe creyó que Nathan era generoso.

En realidad, buena parte de esa generosidad había salido del sistema financiero que yo llevaba años sosteniendo.

—Te llamaré luego —dijo ella, y colgó.

Después preguntó:

—¿Cuántas cosas de Nathan son realmente tuyas?

Sonreí.

—Esa sería una buena pregunta para tu prometido.

Dos días después recibí la respuesta.

Mi abogado había terminado de revisar nuestras propiedades y acuerdos.

La casa donde Nathan vivía estaba asignada por su cargo.

Pero el apartamento donde pretendía instalarse después de casarse con Chloe era mío.

La propiedad que él me había entregado meses atrás era precisamente esa.

Nathan había olvidado que después de firmar la transferencia ya no podía utilizarla como si siguiera siendo suya.

Y había prometido a Chloe que vivirían allí después de la boda.

Cuando se lo dijo, ella explotó.

Yo me enteré porque Nathan apareció en mi estudio esa misma noche.

—Devuélveme el apartamento.

Ni siquiera saludó.

Lo miré.

—No.

—Te lo di porque me sentía culpable.

—Lo sé.

—No pensé que te lo quedarías si terminábamos.

—Entonces debiste añadir una cláusula.

—Emily, no juegues conmigo.

Dejé el lápiz.

—Nathan, tú mismo dijiste que yo siempre giraría a tu alrededor.

Se quedó inmóvil.

Finalmente lo había confirmado.

Yo había escuchado todo.

—Emily…

—También dijiste que querías a las dos.

Su rostro perdió color.

—No era exactamente…

—No importa.

—Escúchame.

—No.

Me levanté.—Durante cinco años te cociné, te esperé, organicé mi vida alrededor de tus horarios y acepté ser llamada “cuñada” sin tener ninguna seguridad real.

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