Clara sintió que la gente no la veía como una persona, sino como una historia que escuchaban.
A la edad de veintiún años, finalmente decidió irse.
Empacó una maleta, tomó sus ahorros y salió del pueblo en autobús.
No tenía mucho apoyo o un plan perfecto en la ciudad.
Pero ella tenía algo que no tenía antes: la oportunidad para que la gente la conociera primero, y solo entonces su pasado.
Consiguió un trabajo en una pequeña panadería.
El dueño de Rosa era exigente, pero justo. Ella le enseñó su trabajo, le dio la responsabilidad y la trató como una mujer joven capaz de construir su propia vida.