Roberto se acomodó orgulloso.
—No hay problema. Se va con nosotros. Ya le preparamos un cuarto y mi esposa puede estar pendiente.
Ahí lo interrumpí.
—No.
Todos voltearon.
Roberto apretó la mandíbula.
—¿Cómo que no?
Miré a la trabajadora social.
—Yo no acepté ser la cuidadora principal. Tampoco acepté que doña Elvira viviera en nuestra casa. Roberto decidió todo sin preguntarme.
Mi suegra palideció.
—Claudia… pensé que estábamos de acuerdo.
—Ese es precisamente el problema. Nadie me preguntó.
Roberto bajó la voz.
—No hagas un espectáculo.
Lo miré por primera vez.
—Es más vergonzoso ofrecer el trabajo de tu esposa para parecer un hijo responsable.
La trabajadora social intervino antes de que él explotara.
Explicó que podían combinar apoyo familiar con una cuidadora por horas, entrega de alimentos, rehabilitación a domicilio y adaptaciones sencillas para el baño.
Roberto miraba los folletos como si estuvieran escritos en otro idioma.