Encontré uno a quince minutos en camión. Viejo, sencillo, amueblado y dentro de mis posibilidades.
Mandé un mensaje.
A la mañana siguiente recibí respuesta: podía firmar el contrato dos días después.
Entonces comencé a empacar.
No de golpe.
Una blusa hoy.
Dos libros mañana.
Mis zapatos de temporada el sábado.
Roberto vio que el cuarto quedaba vacío y sonrió satisfecho.
—Qué bueno que entendiste.
Yo también sonreí.
Él creyó que estaba preparando la habitación para su madre.
No sabía que estaba borrando, poco a poco, mi presencia de aquella casa.
Y mucho menos sabía lo que yo pensaba decir durante la reunión de alta médica del hospital.
Faltaba una semana para que doña Elvira saliera.
Roberto seguía convencido de que había resuelto todo.
Su madre tendría casa.
Él seguiría siendo “el buen hijo”.