Mi problema era con un hombre que confundía amor con servidumbre.
Doña Elvira regresó a su casa.
Unos días después recibió la visita de una trabajadora social y un fisioterapeuta.
La mujer revisó su expediente.
—Está muy completo.
—Lo hizo mi hijo —respondió mi suegra por costumbre.
La trabajadora social negó suavemente.
—Estas notas las entregó Claudia antes de irse. De hecho, ella nos explicó sus horarios, medicamentos y hasta que usted prefiere dejar una luz encendida por la noche.
Doña Elvira se quedó mirando las hojas.
Yo conocía ese detalle porque, años antes, durante una tormenta, me había confesado que desde que enviudó le daba miedo despertarse con la casa completamente oscura.
Ella ni siquiera recordaba habérmelo contado.
Aquella tarde me escribió.
“Claudia, quisiera pedirte una sola cosa. Déjame verte. No voy a pedirte que regreses.”
Acepté.
Nos encontramos en una cafetería cerca del centro.
Llegó caminando con bastón.
Parecía más pequeña.
Más cansada.
Se sentó frente a mí y tardó varios segundos en hablar.
—El día que me dieron fecha de alta, te dije que me iría a tu casa como si fuera mi derecho.
No respondí.
—Ni siquiera te pregunté. Roberto dijo que podía y para mí fue suficiente. Nunca pensé que también eras una persona a la que había que pedirle permiso sobre su propia vida.
Sus ojos comenzaron a llenarse.
—Me enseñaron las notas que dejaste. Sabías mis medicamentos, mis horarios, mis miedos… Sabías más de mí que mi propio hijo.
Sacó un pañuelo.
—Cuando tuve neumonía tú estabas cada tarde en el hospital. Y yo les decía a todos: “Qué buen hijo tengo”. Nunca te di las gracias.