Después de 34 años haciendo todo por su familia, mi esposo volvió a decirme: «Desocupa tu cuarto para mi mamá; tú sabes cuidarla mejor». Esta vez no protesté. Guardé mis libros, mi ropa y hasta el último par de zapatos. Cuando llegó del hospital con su madre y vio la casa extrañamente vacía, empezó a llamarme desesperado… pero yo ya tenía en mis manos los comprobantes de unas transferencias ocultas.

Extendí las copias.

Laura comenzó a revisar las transferencias.

Una.

Otra.

Otra más.

Su expresión cambió.

—Roberto… todas llegaron a tu cuenta.

—Porque yo administraba el dinero.

—¿Administrabas qué? —pregunté—. Cuando tu mamá tuvo neumonía, yo fui al hospital todos los días. Cuando se dañó el techo, yo encontré a los albañiles. Cuando necesitó trámites, yo falté al trabajo.

Laura levantó una hoja.

—Te mandé quince mil ese mes.

—Yo nunca recibí un peso —dije.

Doña Elvira observó a su hijo.

—Roberto, dime que esto tiene una explicación.

Él se levantó.

—¡Claro que la tiene! Yo guardaba el dinero para emergencias.

—¿Dónde está?

No respondió.

Laura golpeó la mesa con la palma.

—¡Te pregunté dónde está!

—Tuve gastos.

—¿Tus gastos? ¡Ese dinero era para mamá!

Roberto me señaló.

—¡Ella hacía esas cosas porque quería! Yo nunca la obligué.

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